La útima vez que vi su ros tropezándome en la oscuridad quise huir.
Quise escapar tiéndome en pedazos pero la única pacidad que encontré útil,
fue la de squiciarme un poco más.
Con creto los muros grises me rodeaban y las puertas, cerradas herméticamente, larañadas
y para siempre, me impedían dar el paso bresaltado que deseaba ejecutar hacia a afuera.
Luego, aunque lo intenté no me permitía acercarme hasta su plicante estado, se alejaba,
manteniendo minante una negra distancia mientras me observaba tiéndome frente a ella.
Seguía mirándome ditando, seria y hermosa, luciendo su defecto lerado por pocos,
los pocos que nos encontrábamos allí.
Aunque estábamos rodeados de personas querosas que bailaban doleramente
de una lado a otro, entre sombras máticas que jadeaban y tosían, ella parecía brillar en la oscuridad, con su blime expresión de lejanía.
La música tártica parecía llenar el cuarto de una densa liva oscura, en el suelo mis zapatos
esquivaban dejas de mugre que se confundían con vidrios, colillas y tumultos indescifrables parcidos por todos lados. Algunas veces al pisarlos gemían tipáticos desde el suelo y se arrastraban insultándome.
El pun pun zopentrante de la música parecía llenarlos de mencia, eufóricamente letransportados, soltaban gritos quísimos que hacían que los demás querosos saltaran de emoción, una emoción írica que crecía y se retorcía entre las paredes tigmadas y húmedas de aquel único lugar.
Traté de ignorar su persticiosa mirada que me seguía desde hacía horas, cada vez
que la luz parpadeaba nicando la oscuridad, estaba ella.
Yo bebía mi trago losamente y bailaba en un esquina useabunda con timidez, hasta que brantado entre la gente observé a un hombre vísimo entre los demás. Bajo, tan bajo como nitorio a decir verdad.
Cuando se dió cuenta de que lo veía, abrí bonamente los ojos y traté de ver a otro lado, pero él se acercó leándose entre los cuerpos hasta mí, empujando blegados hombros que le impedían el paso.
- Te está viendo ¿sabes? –dijo cosamente mientras teaba la cabeza y sonreía sin dientes.
-Si, ya lo sé- respondí abólico.
-¿Y tú la miraste?- preguntó, agarrándome tálicamente el hombro con una fuerza increíble.
-Si
-Entonces seguro que no has podido llegar a ella- Me picó un ojo roroso y salido que combinaba
con su nariz de cadente anciano.
Luego soltó una carcajada ñina y se dio la vuelta.
-¡Espere!- Le grité lepáticamente –Ya la he visto otras veces aquí- repliqué- y siempre es igual.
-¡Entonces peor! – dijo vialmente pero con cara de lástima nierista. –No deberías estar aquí-
-Ella me está mirando todo el tiempo. Al principio deseaba irme, pero ya no puedo...
Cada vez que me acerco, desaparece. - continué.
-Tú no entiendes- dijo el hombre vísimo- ¡Vamos! Ella sólo te mira porque eres diferente,
sabe que tú no perteneces a este lugar y por esa misma razón no podrás llegar hasta ella.
Deberías irte ahora mientras puedes, es un consejo, amigo, no lo tomes a mal, simplemente hay cosas que no están destinadas a suceder.
-No quiero irme. Creo que está sola y que si me mira de esa manera es porque desea que yo me acerque.
Lo que no entiendo es por qué cada vez que me acerco ya no está allí.
Desaparece como si fuese un espejismo. Se esfuma con la agilidad de un gato en la oscuridad- respondí
-Vete-concluyó.
Acomodó unas tilladas costillas que sobresalían de su viejo chaleco lorado y roñoso, bebió un sorbo de un trago verde, seoso y sin piedad, me miró por última vez, y se marcho reándose entre la multitud.
Me quedé smoronado. Mis esperanzas de llegar a la misteriosa mujer mética y gatuna estaban
siendo pisoteadas.
Desperté.
Me dolía la cabeza y estaba mareado, tan mareado que no estaba seguro de donde me encontraba.
La almohada a mi lado estaba tibia, pero no había nadie allí. Tenía un sabor extraño en la boca.
Mi cama estaba llena de pelos. Pelos de gato.
Podría jurar que a través de la ventana abierta se deslizaba una cola, pero cuando me asomé
no encontré nada más que la ciudad mitiéndose misteriosa y el aire del día, convirtiéndose
lentamente en noche, una vez más.
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